miércoles, 20 de febrero de 2013



ASIGANTURAS PENDIENTES

Tengo que admitir que soy víctima de un shock post-traumático. Aún quedando lejanos ya los tiempos en los que terminé la carrera, todavía me suelo despertar en medio de la pesadilla de seguir con la bioquímica pendiente. Un hueso duro de roer. Y es que, igual que a los muertos hay que enterrarlos, las asignaturas pendientes para ayer es tarde superarlas.
Esta introducción me puede servir de hilo conductor de lo que vengo a hablar. También tengo asignaturas pendientes televisivas. Lo peor de éstas es que son más difíciles de recuperar (no tengo yo paciencia suficiente para Internet y demás).
Durante los años de instituto, sufrí el ostracismo por no seguir AL SALIR DE CLASE, y aparte de comentar el extraordinario parecido entre Lucía Jiménez y mi amiga Mercedes Caparrós, era incapaz de seguir una conversación sobre dicho melodrama (lo siento pero, hasta donde sé, lo era). Me quise subir al carro de NADA ES PARA SIEMPRE; pero ya sabéis: naufragó.
Aprendí a fuego la lección de no escaparme a los fenómenos de masas. Por eso me enganché a las primeras ediciones de GRAN HERMANO y a OPERACIÓN TRIUNFO. El primer café de la mañana de los martes en la facultad se llenaba de tertulianos expertos en OT y ahí estaba yo: en la cresta de la ola. Por supuesto.
Perteneciendo a esta generación que se niega a crecer y que se retroalimenta de sus recuerdos ochenteros (mea culpa), algunos títulos de la infancia resultan imprescindibles en cualquier tertulia gintonic. Me resulta penoso tener que admitir que en temas como LA ALDEA DEL ARCE, BIO-MAN o el programa de Eva Nasarre, por ejemplo, puedo llegar a partir la pana (pequeño gesto de soberbia, lo siento), tengo que refugiarme en mi capullo de seda si salen a colación LOS CABALLEROS DEL ZODIACO o BOLA DE DRAGÓN. Esas asignaturas a las que nunca me presenté.
Nat i Montes Barqueros

EL HOMBRE COMPÁS
En la confianza y la paz que me produce ser copiloto de un conductor experimentado. En ese estado casi místico quizás cercano al de un confesionario, hace unos días, cuan Pantoja, me quise confesar. Cayendo en la cuenta de que aquel coche encerraba muchos secretos míos, le dije al queridísimo conductor: “Anda, que si tu coche hablara…”. La respuesta no se hizo esperar: “…yo sería Michael Knight”. Y esa respuesta inspiró las palabras que siguen.
Era yo enana cuando un artilugio parlante se coló en la sobremesa de los tórridos veranos. Según  wikipedia, la serie arrasó entre pre-adolescentes. Por lo visto los críos de mi barrio éramos algo más precoces. No es que me chiflen a mí los coches, pero es que aquel coche hablaba!! No sólo eso: expresaba opiniones, afectos, sentimientos. Ni entonces ni ahora, he dominado las claves de la neurolingüÍstica pero ya participaba de la emoción de un ingenio que empatiza con su conductor.
Las puertas de la ciencia se me abrieron con Bonnie, la primera mujer a la que recuerdo hablando en un lenguaje científico, pringada mejorando el cochazo negro. Hasta entonces, las heroínas de mi infancia habían sido Candy Candy y la rubia de Dinastía. Por lo menos, Bonnie se ganaba la vida sin llorar y sin marido multimillonario.
Y, por encima de todo, estaba él. Michael Knight, el hombre compás (largas piernas en ajustados pantalones de cuero). Un príncipe azul cien por cien años ochenta. Qué pelazo, Mari… Qué elegancia resolviendo entuertos, esquivando balas, subiendo y bajando del buga, ajustándose en él como una ficha de tetris. Qué manera de reinsertarse en la sociedad y darse a la buena causa. Borrados de mi memoria los argumentos, quedó la esencia de aquel justiciero que se pasó al bañador rojo. Nunca más me gustó el cuero.
Nati Montes Barqueros

SIN NOTICIAS

Los noticieros pueden mentirnos hasta en el nombre. No en vano vienen cargados de no-noticias. Si un avión despega y llega a su destino sin altercados mayores, no debe ocupar ni un nimio titular. Pues metidos con calzador, los vuelos exitosos llenan los huecos informativos.
Están tan mimetizadas estas no-noticias que apenas nos damos cuenta. La primera vez que reparé en una de ellas fue cuando en Antena 3, con bombo (nunca mejor dicho) y platillo, mandaron a una reportera a la puerta principal de una clínica (privada, por cierto) para anunciar, casi textualmente, que Doña Letizia de un momento a otro podría ingresar para dar a luz. Si no había parto, ¿cuál era la noticia?
Mucho más ruin e infame es mi siguiente ejemplo. Claro que no es una no-noticia. Más bien es una anti-noticia. Además de una falacia sectaria y propagandística. Sucedió en Intereconomía (los mejores programas de humor, por cierto). Pues resulta que los preservativos en África no protegen de la infección por SIDA, oiga. Lo ha dicho Ratzinger, leches. Qué quieren más. ¿Pruebas? Pues que los negritos no saben leer ni se pueden hacer la manicura. Amén del clima tropical africano, claro.
Mención aparte serían los espacios deportivos. Digo “futbolísticos”. Digo “monográficos Madrid-Barça”. Que me aspen si es noticia un partido que no se ha disputado o la crisis existencial de un mimado. Yo he visto un acalorado debate por la sustitución de Casillas dos semanas después del desdichado acontecimiento. Personalmente, me repuse antes de la pena de saber que los reyes eran los padres. Pero fútbol es fútbol y qué entiendo yo de eso.
Pues lo mismo que una no-periodista puede saber sobre discernir qué es o no es noticia. Nada más aparte del poco sentido común imperante…
Nati Montes Barqueros

DISNEYLANDIA

Desde que me enteré que Disney había comprado los derechos para producir una nueva trilogía de La Guerra de las Galaxias, no deja de dar vueltas a mi cabeza. Ya fue bocetado en un capítulo de Padre de Familia.  Hasta que, por fin, anoche soñé con mi mundo Disney.
A las siete de la mañana, no me suena el despertador. Una bandada de gorriones silba desde el alfeizar de la ventana. La ducha es un trámite rápido y eficaz cuando esos mismos animalillos vierten con una delicadeza exquisita el agua a la temperatura perfecta. Secarme. Estar vestida. Todo sucede en una perfecta armonía.
Estoy “componiendo” una banda sonora para que una criada mayor y rechoncha me prepare cada mañana el café con leche (el humo perfila las formas de la cocina) y las tostadas (que serán con tomate, por fin). Nada de autobuses, coches de caballos, por supuesto.  Naranjas brillantes abren paso a la mañana.
Oh, Dios. Llego al trabajo donde me espera esa pérfida compañera de trabajo. Con su manzana envenenada. Su maldición que me impide cantar con mi magnífica voz de soprano una melodía que facilita la labor de todos. Las pipetas no funcionan. Todo va mal. Afortunadamente, todo termina al salir de ese castillo encantado.
Y la clase de inglés. Oh, el mejor momento del día. Un profesor despistado, calvo, con gafas repasa las formas de  expresar regret al son de una canción pegadiza. A ritmo de jazz, claro que sí. 
O, pero un desafortunado coscorrón, me deja compareciente bajo los efectos de un maléfico hechizo (¿o me he pinchado con el huso de una rueca?). En el mundo real, está a punto de amanecer cuando, por fin, un príncipe encantado (el guapo que vende pulseras en el Malecón, ups!) deshace el hechizo. Amanece un día corriente…

Nati Montes Barqueros


CIBERVIDA (y II)

Si bien he escrito en contra, quizás merezca la pena echar un rato para escribir a favor.
Las redes sociales no sólo sacaron lo peor de nosotros; a veces mostraron partes desconocidas que resultaron ser muy interesantes. Una inquietud, una sensibilidad o un interés que a alguien nunca le hubiésemos adjudicado.
Compartir algún vídeo de youtube, me ha acercado a amigos-facebook a los que nunca hubiese adjudicado un gusto similar al mío. “Ese momento mágico en el que descubres que te gusta la misma canción” (o que os cae mal la misma persona). Las redes sociales acercan a gentes distantes que, bajo premisas parecidas, necesitan dar la misma respuesta. Los últimos movimientos sociales no hubieran sido lo mismo sin tan estimable colaboración estelar. Perdón por la obviedad.
Quien no dedica por convicción, como es mi caso, o por lo que sea ni cinco minutos a las noticias televisivas; la red social proporciona una documentación inmediata de lo de los acontecimientos a golpe de índice en el Smartphone (licencia pija de la columna). ¿Sesgada? ¿Inveraz? Claro, como siempre.
Más allá del cotilleo puro y duro (que sí, que también), la alegría de ver una carita conocida y, quizás, lejana en un momento feliz de su vida o en un cambio importante en el devenir de las cosas nos acerca a quien ha formado parte de nuestra vida y ya no tenemos cerca.
Como con la convivencia real, en el mundo de la red social una acaba dando un consejo, una palmadita en la espalda o un buen corte de mangas, según las necesidades del caso.
Quizás el problema sea la falta de tono del lenguaje escrito,  más o menos solventado con los infinitos emoticonos.
Un momento especial en el cibermundo, transcurre en la cama. Todo a oscuras. Una vibración moderada en la mesa, un piloto violeta intermitente. El primer whatsapp de la madrugada…
Nati Montes Barqueros

CIBERVIDA (I)

Con el tema de las nuevas tecnologías, a veces pienso que nos han jodido mayo con tanta flor. Me explico. Bien que nos comuniquemos de una manera fácil y asequible. Bien el intercambio de datos; la comodidad, la rapidez. Pero, como todo, tiene su contrapartida y es el juego sucio que se ejerce sobre las interacciones humanas. Cuánto padecimiento innecesario al comprobar que el whatsapp que enviamos llegó antes que la última conexión del interlocutor.
No hablemos de redes sociales, donde un inocente brazo sobre un hombro desconocido, hace saltar la chispa… O que estés encerrada en casa pensando que tus amigos están igual y descubras que su vida social avanza mientras que tu dormitas en el sofá viendo “Se llama copla”. Un desastre.
Respecto a facebook, tengo que admitir que he desarrollado cierta dependencia al “Me gusta”.  Experimento una desagradable sensación de fracaso si alguna de mis publicaciones no alcanza, al menos, unos diez pulgares hacia arriba. Por no hablar de lo poco elegante que es ese ponerme verde de envidia con el éxito de las publicaciones de los demás.
Quizás, a veces, tampoco veamos lo mejor de nuestro círculo social (pequeño inciso: nuestros amigos-facebook no coinciden en el espacio-tiempo con nuestros amigos reales. Por cierto: tengo que hacer limpieza…). Personalmente, cualquier “Me gusta” me hace dudar de las intenciones de alguien (esas fotos de niños malitos…). Y más de un ídolo ha caído por una publicación con una falta de ortografía furtiva, entre otras debilidades.
La gente se descubre sola, ignorando un comentario, no contestando a un privado o no devolviendo un toque. Eso, hoy en día, está a la altura del desagravio de volverte la mirada para no saludarte. Qué falta de tacto.
Como el de los abanicos, el lenguaje de las redes sociales es extraño y difícil de dominar. Seguiremos intentándolo.
Nati Montes Barqueros

ESCUPIR

Aviso. Si no puedo protestar, tendré que escupir.
Si los derechos a un puesto de trabajo, a un sueldo digno, a unas prestaciones sociales y sanitarias garantizadas, a unas prestaciones aseguradas por desempleo y jubilación se ven esquilmados; tendré que escupir.
Si los que defienden a capa y espada un status quo escudándose una y otra vez en la sacrosanta constitución, merman mi derecho a protestar en mi puesto de trabajo porque es un establecimiento público, tendré que escupir.
Si los que una y otra vez proclaman la igualdad entre todos los españoles, no se bajan el sueldo, ni renuncian a sus pensiones vitalicias, ni a una cadena de privilegios que una mente pensante de clase media-baja se puede llegar a imaginar, me piden a mí, a mis amigos y al conjunto entero de mi generación, ya dada por “perdida”, que nos apretemos el cinturón y nos acusan de haber vivido por encima de nuestras posibilidades, tendré que escupir.
Si esas personas a las que tanto admiro; amigos inteligentísimos de los que presumo; mis brillantes compañeros de trabajo o talentos que desconozco tienen que salir por patas de este país donde vale más una señora que una noche se acostó con un torero o un tío que trabaja pataleando un balón, tendré que escupir.
Si las clases explotan de niños a los que luego acusarán de tontos y cada vez hay menos profesores. Si las tasas universitarias se vuelven estratosféricas para ser sólo accesibles a la élite (como Dios manda); tendré que escupir.
Si llego a ver a mi madre contando céntimos para que le alcance para la barra de pan. Si privan a los abuelos de este país de cada céntimo sudado años atrás, en condiciones laborales precarias. Si en nombre de no subir las pensiones, acaban pagando tasas prohibitivas para poder apuntalar su delicada salud… prometo escupir.

Nati MB

ADIÓS, VERANO, ADIÓS

Querido Verano… Pocos te quieren lo que yo. A mí me gustas tú más que a un tonto un lápiz. Otros prefieren el calor hogareño del invierno, la desidia otoñal o la luz de la primavera. Yo prefiero tus tardes infinitas al sol; las noches cargadas de magia. Y esa mañana fresca que me renueva cada día.
Te escapas una vez más entre mis dedos, mezclándote en los días de septiembre que nunca se deciden a darle color al otoño o a seguir pintándote a ti. Un mes hecho para volver.
Te echaré de menos. Cuento mentalmente meses, semanas, días, horas, para reencontrarme con tu calidez. Con el sol calentándome la cara y con la noche como testigo de un millón de secretos. Adornada de estrellas. Quién fuera Neruda.
Se quedan las calles vacías. Cada mochuelo a su olivo, susurra un eco extraño. Aguantaré con estoicismo el reclutamiento obligado y la incomprensión. Como todo friolero del sur.
Cuando a las seis de la tarde sea casi noche cerrada, pensaré que ya queda menos para volver a verte. Y la calle se llenará de luz con los recuerdos de tu última visita. Y vestida de cebolla –capas y capas- mis pies se mojarán en la orilla de la playa.
Quizás me recoma la desazón de creer que no volverás a ser la maravilla del último año. Unos días cargados de buena compañía, paseos al atardecer. Siestas con el Tour de Francia de fondo. Coches. Casas abandonadas. Cerrar bares. Y volver a ver la luz del sol.
Hay quien se recrea en la soledad de los días invernarles. Yo no soporto esa melancolía obligada. Ni siquiera abren la jijonenca para quitarme la nostalgia con un polo de coco. Sittin’ on the dock of the bay repica en mis sienes…


Nati Montes Barqueros

LA VUELTA AL COLE

Uno de los momentos mágicos de la infancia, comenzaba cada año al final del verano. Empezaba a anochecer antes y las calles volvían a llenarse de críos, en detrimento de playas y piscinas. Era el momento de volver al cole y, casi siempre, lo hacíamos con ganas. Aunque eso supusiera vuelta a la rutina y, sobre todo, la inminente llegada del ínfame e infinito invierno, esa estación que nunca me gustó.
Al contrario de lo que me pasa ahora, que el final de las vacaciones supone un verdadero declive emocional, volver al cole suponía todo un incentivo. El reencuentro con una vida que quedó en stand-by.
Saltándonos las normas del reciclaje, que con tanto ahínco intentaban inculcarnos, reutilizar el material del curso anterior no nos emocionaba mucho al lado de la posibilidad de estrenar lápices, bolígrafos y gomas de nata. No sólo era un sueño visual, también era un festival de aromas y emociones. Ya en mi treintena, no puedo evitar acercarme la punta de un lápiz recién afilado para disfrutar de ese olor a cedros.
Las familias más humildes gustábamos de prestar los libros de texto a los vecinos más jóvenes. Yo heredé muchos y así me enteré de escabrosos detalles de la vida sentimental de mis predecesores. Aunque, como dice una amiga, mucho más bochornoso resultaba tener que llevar el libro de lengua lleno de penes. Especialmente, si eras una chica.
Lejos de la vuelta al cole glamurosa que prometían los anuncios de El Corte Inglés, de niñas con boina calada y chicos en pantalón corto de cuadros; a La Santa Cruz, se volvía en tejanos, en falda plisada y en chándals de táctel. Ropa de batalla para la gran guerra que era hacerse un hueco en el patio del colegio. Una noche soñé que llovían corticoles.
Nati Montes Barqueros

viernes, 20 de julio de 2012

HERMANDAD DEL CALOR


Cuando el jueves 28 de junio, a media tarde, las temperaturas del centro de Murcia (creo que por nuestro querido Noroeste pasó exactamente lo mismo) rozaron los cuarenta y ocho grados centígrados, sucedió algo extraordinario en la ciudad.
Las personas que bullían por las calles experimentaron cambios en su comportamiento significativos a todas luces. El suelo irradiaba un calor seco, como si en la capa que queda justo debajo de la superficie, la lava emergiera derritiéndose por las rendijas. Los andares fueron necesariamente más armónicos. El caminar casi de puntillas hacía de los paseantes bailarines en el gran escenario de la Trapería. Tensiones arteriales modificadas a la baja hacía estos movimientos aún más armoniosos y coordinados.
Los brazos se agitaban de una manera armónica; como cisnes, los murcianos refrescaban las axilas dejando que el poco aire las alcanzara. Por momentos, las manos retiraban delicadamente el sudor de la frente. Hay un gesto que me gusta especialmente; se lo he visto a pocas personas. Retirarse en una caricia con el dorso de la mano la humedad del mentón.
Ese instrumento glorioso que es el abanico, paradigma sublime de la seducción y la coquetería femeninas, recuperó un protagonismo casi olvidado amén del infame invento del aire acondicionado. Alas de mariposas invadían Santo Domingo.
El hablar era sencillamente impensable, incluso entre los paseantes que se hacían compañía (con más distancia entre ellos de la normal). Un silencio sepulcral invadía las aceras de la Gran Vía. A veces, el resoplido que busca refresco interrumpía ese aire concentrado.
Pero la simpatía, al fin, se hizo hueco. Al bajar el Puente de los Peligros, las caras familiares que nunca me miran empezaron a buscar mi empatía con un levantar cómplice de cejas que me decía “qué calor, qué valor”.
Llámenme loca pero amo el calor.
Nati Montes Barqueros

viernes, 29 de junio de 2012

Quién fuera Choni



No seré yo quien se ría de ellas, las critique o las ridiculice. Si no les doblara la edad, sería yo la más choni del mundo mundial; una especie de nueva rica quinceañera. Todo encima, es la clave. Quizás esta década (¿cómo la llamaremos?) sea, en el sentido estético, recordada como se recuerdan los 60 o los 80. Por una moda chillona en la que todo vale y más siempre es más y mejor.
Los que pasamos la adolescencia en los 90 tuvimos una juventud básicamente sosa con el predominio del minimalismo cuya máxima expresión de color radicaba en los cuadros de las camisas de felpa. Las flores y los colores resultaban epilépticos a nuestros ojos y el unisex cubría de gris las aceras urbanas. Los pantalones eran demasiado altos y los jerséis demasiado grandes. No había formas. Todo era básicamente indefinido. Como mucho, se era grunche. No hablemos del táctel. En la cosmética, el marrón lo inundó todo y la manicura francesa era la única permitida. Bien es verdad que la moda nos define, pero también nos contextualiza en el espacio-tiempo. Si miro atrás, lo siento: todo me parecía demasiado uniforme.
Ver la muchachada actual con su colorín, su plástico, su estampado, qué quieren que les diga a mí me alegra. La moda tiene que tener siempre un punto hortera que nos obligue a arriesgarnos. De dónde nacen si no las tendencias. Ridiculizarse a uno mismo tiene tanto que ver con el desarrollo personal como lo es el aprender a leer.
 Yo reivindico desde aquí la estética choni. Bastante blanco y negro hay en el panorama actual. Ya saben: coleta tirante y alta, neón, leopardo, oro a cascoporro. Les agradezco la reconciliación con el esmalte de uñas, los flequillos y el fosforito. Más payasos me parecen algunos con chaqueta y corbata.
Nati Montes Barqueros

viernes, 22 de junio de 2012

Y FUERON FELICES…


Como estoy en edad casadera pero no lo soy, no me queda más remedio que pasar por el aro e ir a tantas bodas como sea invitada. Son actos festivos, donde grupos de personas nos reunimos a celebrar la unión de una pareja y, durante un día, nos convertimos en los mejores amigos de personas con las que, en realidad, no compartimos mucho. Esto sería una definición general. Casi de wikipedia.
Habría que añadir al párrafo anterior el tema de las mejores galas, tocado o no tocado, tacón, corbatas, etc. Verdaderamente, los matrimonios merecen tesis sociológicas más allá de las 300 palabras.
Entre las cosas que tienen en común todas las bodas está todo lo que viene después del café. El rito varía de unas a otras; así lo hacen el menú y algunas otras elecciones como cortar o no cortar la tarta. Pero, amigos, míos, algunos títulos musicales son imprescindibles en toda unión que se precie.
A ver, en un screening rápido: ¿a cuántas parejas conocen cuya canción es With or without you? Yo, por lo menos, diez. Todas ellas, se creen la más original. Qué duda cabe.
Bueno, eso para abrir el baile. Cuando las corbatas ya están desanudadas y los tacones en el maletero del coche lo que más lo peta es Follow the leader. No se entiende una boda sin este exitazo. Antes o después sonará You are all I want o Tell me more de Grease, con numerito de los invitados incluido.
El toque en español lo dará Shakira o los clásicos de la movida. Ya saben: Cien gaviotas, A quién le importa, Mediterráneo o las tres. Es opcional: El chiringuito o La barbacoa. Quizás, haya un momento de desmadre colectivo con Salta de Tequila o YMCA de Village People.
El Fary y Manolo Escobar pueden faltar. Pero, entonces, ya tampoco es lo mismo.
Nati Montes Barqueros

viernes, 15 de junio de 2012

EL DEBE Y EL HABER


Parece mentira (a mí me lo parece) pero hace ya un año que escribo para El Noroeste. Ésta será la columna número 37. Quizás sea poco tiempo y, sin embargo, ya siento que tengo deudas que pagar. Como cualquier cosa de alto valor, puede resultar difícil realizar el desembolso. Intentaré que las “letras” sean las adecuadas.
Es tan gratificante cruzarme con cualquiera de vosotros y que me digáis (por cierto, creo que es la primera vez que hablo de tú) que leéis la columna, que os gusta, que compartís mis pensamientos, que me buscáis entre las páginas de El Noroeste, que no me lo puedo creer.
Personas a las que adoro, a las que admiro, a las que respeto que se han parado a decírmelo. Que me han brindado quince segundos de su tiempo para dedicarme unas palabras cariñosas. Sé que buscáis un guiño entre estas líneas. Aquí, torpemente, lo tenéis. No hay palabras. O 300 no son suficientes. Por no hablar de las personas que no me conocían y han hecho el ingente esfuerzo (para mí lo sería, de veras) de pararse y dedicarme cualquier palabra amable. Por favor, si me cruzo con vosotros y no os devuelvo un saludo, no me lo toméis a mal. Soy terriblemente despistada.
A un amigo al que estimo muchísimo, le pedí una crítica bronca. Me dio la mejor. Algo así como: “Hombre, no es que se me salten las lágrimas, pero siempre es una columna fresca”. Muchas gracias.
Y, sobre todo, muchas gracias a los que alguna vez habéis hablado de mí a cualquier familiar mío, en especial a mis padres. Gracias por esa sonrisa íntima que me consta que les habéis arrancado. Ese es el regalo más impagable de todos.
Gracias por ser los “tontos” que leen esta columna. A vuestros pies.

Nati Montes Barqueros

viernes, 8 de junio de 2012

PERJÚMENES


A cualquiera que se le pregunte por el tema, contestará que el sentido más evocador es el olfato. A veces, abrazamos a alguien y reconocemos su olor o reconocemos su perfume en el sudor de otra persona. Por poner un ejemplo. Hasta se dice que los bebés ya identifican a sus madres a través de este instinto tan primario.
No sólo eso. Los olores nos transportan a épocas que hemos dejado atrás, como no podía ser de otra manera. Dice una amiga que una casa no era un hogar si no tenía su botella de crema suavizante Natural y un frasco de Nenuco (o de S3, añadí yo). De hecho, hace poco, siguiendo mis propios recortes, desestimé la compra del acondicionador L’Óreal e invertí dos euros en crema Natural. Parece que acabo de llegar a casa de pasar el sábado en la piscina municipal.
Yo recuerdo estar a la orilla de la piscina y oler ese olor a bronceador de zanahoria o coco que las chicas mayores se ponían sobre la espalda. Ahora, ese aroma se llama “monoï”. Yo, que siempre fui un rostro pálido, me conformaba con el factor de protección nueve mil de Vichy. Y, aún así, volvía hecha una gamba.
Como cualquiera en los ochenta, mi primera colonia fue Chispas, aunque un poco después la cambié por todo un icono de aquella época: Don Algodón. Pocas son las que no la usaron alguna vez. Hace poco deseché un frasco después de que todas mis amigas me contaran recuerdos asociados a este aroma. Luego llegaría otro clásico: Chanson d’eau (digna heredera de Eau Jeunne).
Por su parte, los chicos se hacían mayores oliendo a Massimo Dutti o, más adelante, a Sportmax. No es Chanel nº5 (o de cualquier número, como alguien dijo, metiendo la pata), pero un anciano que huele a Varón Dandy nos hace parar y dar la vuelta.
Nati Montes Barqueros

viernes, 1 de junio de 2012

PINTURA Y ESCRITURA


Amarillo, naranja, fucsia, rojo, marrón claro, marrón oscuro, verde claro, verde oscuro, azul claro, azul oscuro, morado y negro. Aprendí a ordenar una y otra vez mi caja de doce lápices Alpino. Los “cedros”, decía mi hermano. Parece que aún respiro aquel olor a madera al empezarlos. Levantarme y pedir permiso para sacarles punta. Volver a respirar ese olor a madera recién cortada en la viruta nacida sobre la cuchilla del sacapuntas.
Pero los cedros llegaron después de las ceras blandas Manley que nos ensuciaban las uñas y que permitían dibujos-garabatos (tampoco es que ahora dibuje mejor  que a los cuatro años) luminosos y brillantes. El gran enigma de aquellas cajas era para qué servía la cera blanca. ¿El gran tesoro? La cera color carne.
Pocas marranadas se nos permitían en aquellas edades. Qué pena que entonces la publicidad no dijera que las manchas ayudan a crecer. En mi clase de primero de párvulos, era fiesta oficial el día que nos dejaban la pintura para dedos. Todavía veo la palma de mi mano tatuada de color verde sobre el folio blanco y sobre el baby con mi nombre. Quizás alguna pulgada furtiva sobre la mejilla.
Con los lápices del 2, repasábamos la caligrafía de los cuadernos Rubio sin saltarnos ni un puntito. Los dedos firmemente situados sobre el palo negro y amarillo, bien colocados sobre la goma de caucho enrollada en el ápice del mismo. Porque, desde muy pequeños, hay que cuidar las formas. Bien que me la gané cuando la maestra me pilló mordiendo la punta roja de aquel Staedtler HB2.
La última vuelta de tuerca llegó con el boli Bic. Azul para escribir y rojo para corregir. Ya éramos nenes mayores. Sólo faltaba pasar de las hojas tamaño cuartilla a las tamaño folio. Pero ésa, es otra historia.

jueves, 24 de mayo de 2012




TONTO EL QUE LO LEA
La que estas líneas suscribe se compromete a ser cada día un poco más tonta que el anterior. En un mundo dominado por las certezas, donde todos –la primera yo- sabemos tanto de tantas cosas, yo prometo desaprender de aquí en adelante.
Hablar en este mundo de sabios a veces es gritar al vacío. Ya no se puede discutir o discrepar sin que el interlocutor ponga los ojos en blanco o haga algún tipo de aspaviento que te hunda en el lodo de la certeza de que para esa persona eres una completa ignorante. O lo que es peor: ese silencio cargado de vacío que estalla cuando dices la última “impertinencia”. El inteligente receptor, en estos casos, ni se molesta en discrepar. Ahí, ya no eres ni persona.
Tener ideas propias no está bien visto. Yo misma he mirado con desdén a quien no me ha dado la razón. La razón. Lo único que a veces podemos o queremos tener. Lo único que nos queda. Prometo rectificar.
Desde hoy, no quiero tener opiniones. Si soy de izquierdas, me tacharán de “roja” o de “perroflauta”. Si mis opiniones casan con la derecha, es que veo mucho Intereconomía y no pienso por mí misma.
Renuncio a cuanto opino. Si pudiera, renunciaría a cuanto sé. Lo que pasa es que mucho de lo que sé me da de comer. Agacharé la mirada cuando, a mi alrededor, los adultos sabios, vehementes y omnisapientes emitan sus sesudas conclusiones de lo humano y lo divino. Prometo volver a ser la niña que mis mayores ponían como ejemplo de prudencia. Dónde quedó…
De ahora en adelante, esta columna la firma una tonta. Si quieren seguir leyendo, ya saben: “tonto el que lo lea”.

Nati Montes Barqueros


lunes, 7 de mayo de 2012




TEMAZOS
Gracias a que tengo amigos y familiares con una memoria que no se la merecen, me estoy pasando la pre-fiesta recordando los grandes éxitos del 2 de mayo. Me explico: esas temazos de charanga que invaden –cada vez menos- las calles de Caravaca esa mañana. Cierto es que, como me han dicho por ahí, soy demasiado ochentera. Pero es que al acercarse la alborada, me veo en la obligación de repasar.
Si es que, qué quieren que les diga: una batukada animará mucho pero donde esté una charanga tocando “La Campanera” o “Paquito, el chocolatero”, pues que se quite lo demás. Ni que decir tiene que la letra de la primera empieza con “Quién te ha vestido caballo…”.
Allá, precisamente, en los ochenta, cuando no levantaba ni un palmo del suelo, fue cuando empecé a escuchar algunos de estos temas a los que entonces no les encontraba mucho sentido. Pudiera ser que no lo tengan.
Y es que escuchar la profundísima lírica de “El conejo de la Loles” me devuelve a las fiestas de caballistas con barba (ya homenajeados pertinentemente en facebook). Gracias a mi amigo JL que me ha dictado la inolvidable letra. Me ha prometido mi padre enseñarme la versión de la Irene que, al parecer, tampoco es de  desdeñar.
Soy tan idiota, que el otro día viví una emocionante regresión en el espacio-tiempo cuando una de las charangas de La Zona vino con el “A quién le importa” de Alaska y Dinarama. Ya me conocen: soy una sentimental. Sería la bomba recuperar “Macumba” o “Raskayú”.
Mi siguiente meta es cumplir la promesa que le he hecho a mi cuñada Memi: aprenderme un tema que habla de las muchas bondades de la paella. Si quieren un consejo: esquívenme si se cruzan conmigo del 1 al 5 de mayo.
Nati Montes Barqueros


YO TAMBIÉN TENGO CRISIS…
…Me bajan en sueldo, la jornada laboral. Me suben las retenciones y los impuestos. Quién fuera mileurista.
Llego tarde al trabajo por la huelga del Transporte Público de Murcia. Cuento los céntimos. A penas paseo por la Gran Vía para no caer en la tentación del consumo. Al Camino del Huerto y a paso ligero, sin caer en la tentación del escaparate.
Busco la tarifa más plana del móvil. Hace un millón que no voy al cine ni al vídeo-club. Gracias a la biblioteca y a que me quedan un millón de clásicos por ver.
No me pregunto qué escarban algunos en los contenedores de basura y me revienta ver a todos los niños de una clase con el típico disfraz comprado porque valoro el sacrificio que habrá supuesto la bromica a algunos padres.
Apago a conciencia las luces y el calentador. Me abrigo más dentro de casa. Conceptos tales como “cenar fuera”, “cumpleaños”, etc. me producen cierta urticaria.
Deliplus se ha convertido en mi marca fetén de belleza y mi supermercado de confianza es, cómo no, la nevera de la casa de mis padres. Qué mayor confianza que la que me da la madre que me parió. Anoche, entre sueños, me pregunté cuánto tiempo hace que no me depilo. ¿La peluquería? Pues puntas abiertas hasta junio, en el mejor de los casos.
A parte de la ruta Caravaca-Murcia, no se me ocurre hacer otro viaje más allá de los 300 kilómetros a la redonda y si algún amigo tiene parada y fonda allí.
¿Cómo se llama eso en lo que un señor canta y los fans lo corean? Ah, sí. “Concierto”. Quizás en 2013…
Bien dicen los chinos –y me lo recuerda mi jefe- que toda crisis es una oportunidad de cambiar.
Nati Montes Barqueros








MAFALDITA
Mafalda no contestó a la pregunta de su amigo Miguelito cuando él cuestionó dónde se rellenaban los formularios de la inmortalidad pero queda claro que ellos, finalmente, los rellenaron.
La pandilla de Mafalda está atravesando la cincuentena y no parece que se hayan desfasado mucho. Hasta los Beatles lo siguen petando (en número de descargas. Legales, claro). El sol sigue saliendo por el living, la luna está por explorar y el mundo es lo que Mafalda pintaba: un viejo enfermo al que le duele el Asia y del que todavía no sabemos el sexo. Ahora nos dicen que no es más que una bola hueca.
A parte de algunas novedades, las cosas no han cambiado mucho en estos cincuenta años. La televisión sigue siendo un bodrio con algunas excepciones. Los titulados huyen al vasto Extranjero y la amenaza nuclear no parece evanescerse jamás.
Como Felipito, siempre parece que estoy a punto de decir algo muy interesante; sin embargo, soy más de sentarme a ver la vida pasar. La pequeña Libertad se aferra a sus impertinencias para hacerse oír mientras, de vez en cuando, se tropieza con la lenta Burocracia.
No han de preocuparnos los fondos para nuestra jubilación si la Tierra es repoblada por la prole de unas cuantas Susanitas para las que le futuro perfecto del verbo “amar” es “hijitos”. Eso sí, tendremos que asumir la existencia de un capitalismo voraz en manos de ineptos Manolitos que venden pesetas a cambio de duros. Rectifico: céntimos a cambio de euros.
A veces, algún Miguelito se cuela en Intereconomía rememorando las hazañas que su abuelo le contó sobre algún dictador. Corrijo: héroe.
Y todos los cambios impuestos bajo una falsa pose de proteccionismo maternal nos asquean a muchos como a Mafaldita la sopa. Nos duele el odgullo, diría Guille.
Nati Montes Barqueros







LAS FUENTES
Cuando yo era enana, mi padre solía cogernos a mis hermanos y a mí (especialmente, los tres pequeños) y nos llevaba, cómo no, a Las Fuentes a llenar una bolsa de hojas secas o dar pan duro a los peces. Imagino que este recuerdo familiar puede ser común en muchos de vosotros. Creo que dos grandes acontecimientos de mi niñez fueron la comunión y el día que trajeron patos a Las Fuentes. Pena que un día me contaron lo del desequilibrio del ecosistema y todo eso.
Siendo ya crecidita, no faltaron ocasiones de echar merienda y llegar andando a Las Fuentes. El que más o el que menos tenía un par de amigos que sabían martillear la guitarra y deleitarnos con Nothing else matters y otros hits de los noventa. Especial mención al fin de fiesta de Santo Tomás en los años de instituto cuando nos merendábamos un bocadillo de calamares de La Esperanza.
Por supuesto que yo no, (mamá, no!), pero un buen caravaqueño, uno que se precie de serlo alguna vez habrá tenido que rendir homenaje a lo de “donde entran dos, salen tres”. Y sin llegar a esos placeres de la carne, no se me ocurre mayor momento de comunión interior que alcanzar las aguas de este pasaje, mojarse la nuca, la cara, los pies y terminar así una cálida tarde del mes de junio.
Nos hemos tumbado en la hierba, estirado los pies a la sombra de un plátano. Hemos callado y hemos charlado. Alcanzamos el Nacimiento en compañía de los amigos, de la familia o de la más absoluta de las soledades. Da igual entrar a las cuevas desde Mayrena o desde el Camino del Huerto. Da igual. Lo importante es que allí nos vemos.
Nati Montes Barqueros